Publicado: 27 febrero 2025 a las 12:52 am
Carlota Figuerola
Miré por la ventana. Un gato totalmente negro estaba encaramado en una de las ramas de la higuera. Me miraba, todo ojos. Más allá, un poco oculto en otra de las ramas, otro gato. Este era de dos colores, marrón y negro.
La higuera empezaba a estar llena de hojas.
Se lo diré a la abuela, pensé.
Salí de la habitación. No sé por qué, pero pude apreciar que todo estaba como siempre. Crucé el comedor usado como living y me dirigí a la cocina. La llamé. No estaba allí, miré en el rincón detrás del fuego a tierra. Tampoco. Preocupada, volví hacia atrás y, llamándola de nuevo, busqué por toda la casa. Oh, Dios. No estaba. ¿Qué iba a hacer yo si ella no aparecía, si le había pasado cualquier cosa?
Ya estaba alarmándome por su ausencia cuando, al pasar frente a la enorme puerta del antiguo y rústico recibidor, escuché el ruido de la gran llave en la cerradura.
Revisé todo un par de veces, y ya estaba alarmándome por su ausencia cuando, al pasar frente a la enorme puerta del antiguo y rústico recibidor, escuché el ruido de la gran llave en la cerradura y ella entró, algo mojada por la lluvia que empezaba a caer. Pude ver cómo comenzaba a oscurecer. Me abrazó como si no me hubiera visto durante siglos, y yo descansé tranquila entre sus brazos, contra su cuerpo grande. Iba vestida con ropa ligera, primaveral. Pero temblaba. Estaba extraña y, abriendo la alacena de la pared, buscó algo más grueso para ponerse.
—No debí venir —me dijo—. Hace frío aquí.
Sacó su abrigo color teja, lo único que contenía la alacena, que se utilizaba como armario, aparte de unas cajas envueltas, como de zapatos, retiradas al fondo.
—¿Y esto? —preguntó.
—¿Las cajas? No son nuestras, abuela. Aquí vivieron dos familias después de que nos marcháramos. Son cosas que quedaron de ellos.
—¿Y nuestras cosas, las que dejamos?
—Las tiraron cuando nos fuimos.
—No debimos venir, niña —repitió—. No tengo ropa.
Escuché voces difusas fuera y la tormenta acercándose entre las primeras gotas de lluvia que caían.
—Mamá vendrá mañana por la noche y traerá más ropa, abuela —le dije.
—¿Estás segura? ¿Tu madre vendrá también? —preguntó como si dudara—. ¿Cómo lo sabes?
—Sí, sí. Seguro. Me lo ha dicho por teléfono, abuela.
De repente sentí que alguien intentaba abrir la puerta. Fuera podía escuchar las voces, de por lo menos dos hombres, susurrando.
Mi corazón latió más rápido.
—¿Dónde dejaste la llave, abuela?
—No sé… —me miró dubitativa y algo preocupada.
Busqué rápidamente con la vista en el llavero que colgaba de la pared, sin localizarla e, inmediatamente, corrí hasta la puerta y pasé el pesado cerrojo. Tras la cortinilla alargada que cubría los cristales de la parte superior de la puerta, pude ver las sombras de dos cabezas.
Ya buscaríamos la llave más tarde. Tenía que estar dentro, puesto que mi abuela acababa de entrar. De momento estábamos a salvo, protegidas.
Yo me había tranquilizado. Sabía que, quien fuera que intentara asustarnos, ya no podría hacernos nada malo.
Ella me tomó del brazo y, algo alarmada todavía por el incidente, me acompañó hacia la parte de las habitaciones. Yo me había tranquilizado. Sabía que, quien fuera que intentara asustarnos, ya no podría hacernos nada malo.
—Está distinta la casa… —susurró, mirando todo con detenimiento.
—Sí. Abajo —y le señalé la escalera donde tantas veces había bajado a jugar de pequeña y que ahora se veía impecable—, donde estaban las mulas, hay como una vivienda.
Miró la puerta herméticamente cerrada que cubría la escalera que iba hacia arriba, hacia el piso que, en su tiempo, se había usado para guardar el grano de la recolección.
—Arriba no hay nada. Se hundió. Todo se cayó —le dije.
Ella observaba alrededor.
—Lástima. ¿Por qué no la compraste y la reformaste, si tanto añorabas esto?
Sentí pena. Reconocía que en algún momento me había pasado la idea por la cabeza.
—Sí. Pensaba hacerlo. Pero el tiempo pasó rápido…
—Sí, mi niña, pasó mucho tiempo.
Hizo una pausa, mirándome con tristeza.
—¿Y no temes que se nos pueda caer el techo encima, hija? Esto está realmente mal…
Así era. Y sentí temor. De repente fui consciente de que el techo se veía negruzco y abombado y de las grietas en el suelo. Y de cómo ahora, sin la luz del día, todo aparentaba ser muy distinto y mucho más siniestro.
No había muebles. La cómoda había desaparecido, al igual que las sillas. Entramos las dos en la habitación, la que era de mis padres, pero que usábamos nosotras en su ausencia. Esta también estaba vacía, tanto, que se escuchaba el eco de nuestras voces contra unos muros descoloridos, con desconchados en el yeso, y totalmente desprovistos de cualquier objeto.
Me agarré con fuerza al brazo de mi abuela, con miedo de confiarle mis temores. Intenté trasmitirle mis dudas, intensificando la presión de mi brazo en el suyo.
Nos miramos confundidas, sin hablar.
Los rayos estaban ya encima de nosotras. El ruido, de inmediato, lo inundó todo.
Y con él, los muros empezaron primero a temblar y a desvanecerse luego, bajo la tormenta que, de lleno, invadió nuestro pequeño espacio con el retumbar de unos truenos cada vez más intensos.
Ella se quedó allí, rotunda entre las ruinas, bajo cascadas de agua, con su abrigo color teja.
Todo se desmoronaba a nuestro alrededor. Todo se iba. Desaparecía.
Menos ella.
También yo me fui.
Ella no, ella se quedó allí, rotunda entre las ruinas, bajo cascadas de agua, con su abrigo color teja sobre aquel conjunto verde primaveral estampado, bajo la tormenta, que acabó por llevarse los restos de lo que había sido nuestro hogar, hasta los cimientos.
Asoló completamente todo.
Escuché voces y me agarré a ellas.
Me encontraba en el sofá de mi piso, sola. La tele, frente a mí, en marcha, con el telediario puesto.
La tormenta estaba en pleno apogeo. Entre los truenos, unas voces de hombre, fuera, en la calle. Coches. El salpicar del agua a gruesos goterones en el balcón.
Aún dudaba, como si me encontrara entre dos mundos.
Sentía todavía el abrazo intensísimo de mi abuela, aferrándose a mí igual que si no hubiera un mañana.
En apenas unos minutos, la tormenta había arrastrado cuarenta años.
Fuente: https://letralia.com/letras/narrativaletralia/2025/02/27/tormenta/
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