Publicado: 5 junio 2025 a las 6:06 pm
—Sé —me dijo con una aviesa sonrisa nada más sentarnos y llenar las copas de buen vino— que a usted le hace muy poca gracia hablar de política y de los políticos actuales.
—No es que me haga poca gracia —respondí con cara de resignación—, es que no dan juego: son un hatajo de necios sin el más mínimo interés.
—Pero al menos podríamos criticar sus políticas, o su falta de sentido político. Al fin y al cabo, las sufrimos. Y entre los dos podemos hacer interesante cualquier tema insulso, ¿no?
Muchos políticos de ahora, y de antes, ya nacen siendo unas calabazas hueras. No se pueden transformar en lo que ya son.
—La crítica que se me ocurre en estos momentos —dije manteniendo mi copa en alto— es que, tras la muerte de algún ilustre rey o político actual, no se podría escribir ninguna Apocolocyntosis o calabacificación, como escribió Séneca cuando murió Claudio. No por estar periclitado el género apologético sino porque muchos políticos de ahora, y de antes, ya nacen siendo unas calabazas hueras. No se pueden transformar en lo que ya son.
—Por lo menos éstos —apuntó sonriendo, tras beber— no pueden condenar a muerte a nadie, como hacían aquéllos. En algunos pueblos de Europa. En otros, seguimos igual que en la época de Claudio o en el Renacimiento.
—Sí, en eso tiene razón. Algo hemos evolucionado en veinte y pico siglos de historia.
—La verdad es que el otro día estuve viendo una serie británica, de la BBC, sobre Enrique VIII de Inglaterra, muy aficionado a descabezar a todo aquel, o aquella, que se opusiera a sus planes, y no dejé de preguntarme, ni por un momento, cómo una sociedad puede permitir semejantes barbaridades. El rey contra todos. Y todos callados y temblando.
—Imagino que por miedo. Propio o ajeno. Cuentan Séneca y Suetonio que un padre fue a pedir clemencia para su hijo encarcelado por su elegancia por los esbirros del envidioso emperador. Le pidió clemencia a Calígula. Éste, sin más, hizo matar al hijo, y esa misma noche invitó a cenar al padre. E hizo que todos se fijaran en él esperando ver algún gesto que lo traicionara o delatara su dolor contra una orden imperial. El padre ni pestañeó, ni se inmutó. Le siguió la corriente a Calígula con una excepcional sangre fría. La explicación que da Séneca es muy sencilla: habebat alterum, tenía otro hijo.2
—Sí, pero no todos tienen dos hijos…
—De acuerdo. Ahora bien, no sólo se pierden los hijos: se puede perder el poder, las tierras, los campos. Y se puede ganar mucho, si uno es de ancha conciencia, siguiendo la corriente del emperador o del rey de turno.
—Es la explicación que me he dado yo viendo esa serie de televisión sobre Enrique VIII de Inglaterra. ¿Cómo es posible que toda una sociedad cambie de religión de la noche a la mañana y permita tanta violencia? Y fue un personaje de la misma serie, Thomas Cromwell, quien resolvió el enigma: desea hacerse con una abadía, o un convento, no recuerdo, cuando, por ser papistas, expulsen a los frailes de aquellos muros. La abadía pasará a ser propiedad suya. Menos el oro, cálices, misales, candelabros… Eso es ganancia regia.
—Pues ahí tiene la explicación —dije llenando las copas—. Unos pierden a los hijos, y otros ganan terrenos o poder. Pero con estos personajes, o en unas cortes como las de Calígula, Nerón, Claudio o cualquier mediocre con poder absoluto, no te puedes fiar. Hoy asesinan a unos, y mañana a otros. Y nunca puedes decir que estés a salvo. Mire lo que está pasando en Rusia, por ejemplo y sin ir más lejos. O con el paleto de Trump.
Eso es lo que tampoco acabo de entender: cómo un personaje, mediocre, por otra parte, puede hacerse con el poder.
—Eso es lo que tampoco acabo de entender: cómo un personaje, mediocre, por otra parte, puede hacerse con el poder y hacer cuanto le viene en gana.
—Porque tiene el apoyo de mucha parte de la población, tan mediocre como él o más. De otra forma no podría hacer nada de cuanto hace. Y además cuentan estos tiranos, como en la época de Calígula o Nerón, con un ejército, o policía, que los secunda. A veces más brutal que el propio emperador. No le dé más vueltas.
—Entonces la calabacificación debería extenderse a toda una sociedad, o a buena parte de ella.
—Por supuesto. Y ya que quiere hablar de política, cójase al caso de Valencia y cuanto sucedió con la dana. El señor presidente autónomo, la calabaza ausente, no estaba donde debía estar mientras los pueblos se anegaban, y muchos de sus habitantes morían ahogados. Para sus socios de gobierno eso del cambio climático es una zarandaja inventada por la oposición. ¡Cómo si no hubiera habido diluvios universales! Nadie hizo caso de las alarmas ni alertaron a nadie. Y entre todos la mataron, y ella sola se murió. Y ahí lo tiene, el calabaza ausente sin dimitir, con más de doscientos muertos a sus espaldas, y su partido, un campo de ricas calabazas, defendiéndolo por intereses de bastarda política. Y dentro de poco se harán elecciones, y como salgan guapos y arreglados en la televisión, la gente los volverá a votar de nuevo. Y hasta la próxima.
—Eso sin contar —apostilló— con que muchos filósofos actuales, o llamados así, los apoyarían, o los apoyan.
—Como dicen en mi pueblo, más cornadas da el hambre. Y total para setenta u ochenta años que vivimos.
—Es lamentable. Además —añadió— tiene usted razón: quienes apoyaron al rey, a Enrique VIII, no tenían bula: también ellos cayeron y subieron al cadalso para ser descabezados.
—Leyendo las vidas de los césares, o los libros de Séneca, siempre me he preguntado lo mismo que se pregunta usted: ¿cómo esta gente, historiadores, filósofos y demás, no se alejaban de las cortes, del poder, y no optaban por una vida retirada y de estudio? Vale: Platón y Séneca soñaban con tener un rey filósofo; actuaron en consecuencia. Querían un rey sabio, trataron de instruirlo, y que así, el poder fuera justo, bueno y virtuoso. Pero, ya sabe, Platón acabó siendo vendido como esclavo, y Séneca cortándose las venas por orden de Nerón, su amado discípulo.
—No creo que hoy haya ningún filósofo en ningún partido político.
—No lo sé. De todas formas la filosofía de hoy en día nada tiene que ver con la de aquellos gloriosos tiempos. Hoy es una aburrida asignatura llena de galimatías y palabrejas incomprensibles. Entonces trataba de ser una norma de vida, nada oscura ni complicada. Haga usted la prueba: lea a Séneca y luego lea a Kant, por ejemplo.
—Ya lo he intentado. Y tiene razón: no entiendo nada. De todas formas —añadió sonriendo y llenando las copas de nuevo— me llama la atención lo hábil que es usted.
—¿A qué se refiere?
—A que yo quería hablar de las políticas y de los políticos de hoy en día, y usted se ha llevado el ascua a su sardina: ha hablado de Séneca, de Calígula…
En un país muy lejano, un calabazón hueco se ha hecho con el poder. Sin dar ningún golpe de Estado. Además es un delincuente convicto.
—Perdone, pero ha sido usted, y no yo, quien ha desviado la conversación. Hablando de la serie televisiva sobre Enrique VIII. Ahora bien, si quiere podemos dialogar sobre las calabazas actuales. Hay una buena cosecha. En un país muy lejano, un calabazón hueco se ha hecho con el poder. Sin dar ningún golpe de Estado. Además es un delincuente convicto. Y un defraudador. Y ahí lo tiene, en la Casa Limpia. Otros son capaces de bombardear y matar a poblaciones enteras por un puñado de votos, que les dan el poder. Y lo consiguen. ¿No es esto hablar de nuestra época? ¿No tenía razón Séneca cuando decía que en su estercolero el gallo tiene todo el poder? Demostrado queda.
—¿Sabe —dijo al cabo de unos segundos de profundo silencio— lo que me ha molestado de la serie sobre Enrique VIII?
—No. No lo sé.
—El que condenara a Ana Bolena a ser decapitada. No sé cómo sería esta mujer en la realidad. Pero la actriz que la encarna en la serie de televisión me gusta mucho. Me parece una mujer bellísima y es una excelente actriz… Yo la hubiera perdonado aunque fuera estéril.
—Es usted un romántico. No conozco… Perdón, sí, conozco una historia en la que una mujer, por su belleza, consiguió el indulto. Se llamaba Friné. Una hetera del siglo IV a. C. Su abogado, Hipérides, antes de que los jueces dictaran sentencia, le arrancó el peplo o el manto dejándola, en el areópago, tal como su madre la trajo al mundo, aunque un poco más crecidita. La indultaron.
—¡Vaya! —exclamó riendo—, eso demuestra que la justicia no es ciega. O al menos los jueces. Por eso mismo, si Ana Bolena se parecía a la actriz que la encarna, yo la hubiera indultado. Dejando de lado la bestialidad de decapitar a una persona.
—Ojo —dije apurando la copa—, que esas apreciaciones le pueden traer muchas complicaciones con las feministas.
—No estoy diciendo que se decapite a las mujeres, o a los hombres, poco agraciadas. Digo que esa actriz me gusta mucho. Nada más.
—Yo creo —concluí levantándome— que Calígula no la hubiera indultado. Éste hizo matar a aquel muchacho precisamente por su belleza y elegancia.
Hemos pasado por la época de oro, de bronce y de hierro; ahora estamos en la época de las calabazas huecas.
—Menos mal que las calabazas que nos gobiernan hoy en día ya no tienen poder, y seguramente lo echaran de menos, sobre la vida y la muerte de los opositores.
—Sí. Seguimos avanzando que es una barbaridad. Hemos pasado por la época de oro, de bronce y de hierro; ahora estamos en la época de las calabazas huecas. Y del plástico.
—Poco a poco. Tal vez le siga la de los diminutos guisantes. Ya puestos.
—Sí, no perdamos las esperanzas. Y como puede ver, hemos hablado de lo que usted quería. De las cucurbitáceas actuales. Que son muy abundantes.
Fuente: https://letralia.com/articulos-y-reportajes/2025/06/05/ilustres-calabazas/
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