Walden: La casa de Ramiro Pinilla en Getxo

Publicado: 1 noviembre 2025 a las 1:51 am

Categorías: Europa / Noticias

El muro de la entrada después de la lluvia supura las mismas gotas que mastico. Es el mismo agua que respiro y que piso, y que al arrastrarla por el camino ha mojado el borde de mis botas y el calcetín que al caer la tarde colgaré húmedo en el baño. El camino asfaltado está roto en la cuneta, invadido por el verde inquieto, exaltado y exuberante. También por la tierra marrón que se hunde en la maleza, donde se descubren las babosas y los pequeños caracoles que se hacen los muertos, dejando diminutas sendas brillantes, todavía impregnadas en pequeñas hojas. Huele a manzanas ácidas, se sabe sin probarlas. Huele la higuera; pero en definitiva huele agua en abundancia, porque el líquido se encarga de tamizarlo todo; los colores también: el del musgo y el de los helechos.Las gotas siguen resbalándose por el surco que deja la W. Lo repaso con el dedo. Luego la piedra grumosa me dejará recorrer el resto de las letras cinceladas en ella como una forma de vida: WALDEN.

«Volver a lo primitivo, a la vida sencilla de la casa que se va construyendo en el barrio de San Baskardo y que llama Walden»

Influenciado por Thoreau, él quería volver a la naturaleza. Había sido marino mercante durante un tiempo, pero ahora vivía en la ciudad, sumergida en el humo de sus fábricas. En el gran Bilbao de hierro y carbón que mueven las gabarras, que nutren las acerías y también la Fábrica Municipal de Gas donde Ramiro Pinilla está empleado; y desde donde arranca el tiempo para escribir, a ratos, poco a poco: las traseras de una colección de cromos o pequeños relatos donde los bombardeos de la guerra civil, que él vivió de adolescente, van dejando su huella.

Ramiro quiere volver al lado del mar como en aquellos veranos infantiles en el caserío de Arrune, en Getxo. Quiere tener sus propias gallinas, vivir de la venta de sus huevos y de lo que le dé la huerta.

Acantilados de la Galea

Muro de entrada

Walden

Volver a lo primitivo, a la vida sencilla de la casa que se va construyendo en el barrio de San Baskardo y que llama Walden. La termina casi a la vez que vierte en ella los folios de Las ciegas hormigas (con esta novela ganará el premio Nadal) como el mar vierte la zaborra, la carbonilla, la del coque de los altos hornos que los gánguiles van a echar al mar rodeados de vapor. Envueltos en una luz gris de nube, porque la escoria, aún caliente, se les va colando por la panza y burbujea al contacto con el agua y la sal. Subiendo y bajando de la ría a la mar con esas toneladas de escombro que AHV va arrojando, entre la Punta de Azkorri y Punta Galea.

«Volver a esta tierra es dejarse llevar por el viento y las olas que cincelan las rocas calizas que forman los impresionantes flysch blancos de la Galea»

Esta es la tierra de Ramiro Pinilla, el territorio en el que se mueve de forma natural. Acercarse a él es vivir también en los verdes valles. Es recorrer la playa de Arrigunaga, que se abre al puerto del Abra bajo los acantilados. La arena tiznada donde tiempo atrás las familias se movían para recoger los restos que encendieran en invierno la lumbre. Son las galernas, las restingas y esta costa, que hacen zozobrar los barcos y los parte entre las peñas. Es aguantar el aguacero, como lo hacen los personajes de Pinilla después de ver al carguero inglés encallarse. Son los que esperan, en familia, a la oscuridad para recuperar entre los filos cortantes el “oro negro” que el barco ha esparcido. Son los bueyes tirando de las carretas azuzados por la picana, en el sendero del molino viejo a 80 metros sobre el mar; entre las pequeñas luces de los farolillos que buscan el mejor lugar donde hundir un mástil al borde del precipicio (antes de que lleguen los otros), y deslizarse por una cuerda atada al madero hacia un abismo negro donde llenar los sacos de carbón. Y todo sucediendo como si el tiempo hubiera detenido el amanecer para siempre, bajo la cortina de lluvia incansable entre los destellos del faro que está ahí de fondo: tres destellos, un segundo, tres destellos y una pausa de ocho segundos.

Máquina de escribir de Ramiro Pinilla

Despacho de Ramiro Pinilla

Fachada desde el muro

Volver a esta tierra es dejarse llevar por el viento y las olas que cincelan las rocas calizas que forman los impresionantes flysch blancos de la Galea, formados bajo el mar hace millones de años. Y ahora, al ver mis pies descalzos, recuerdo. Sé que no solo se hunden en la arena sino en una forma de vida.

Fuente: https://www.zendalibros.com/walden-la-casa-de-ramiro-pinilla-en-getxo/